Como ejemplo pongo el programa cómico estadounidense "Saturday Night Live". Cáda sábado, durante los últimos 39 años, podemos ver parodias que van del más grande ingenio gringo hasta burlas obscenas hacia prácticamente cualquier personaje de la humanidad que tenga un poco de fama.
Pero los personajes favoritos de los escritores del programa son los políticos. (incluso los comediantes aspirantes a entrar al show necesitan hacer rutinas de imitación de alguno de ellos) Específicamente, el presidente en turno.
Hay parodias legendarias como las que hacía Phil Hartman de Bill Clinton, o la de Will Ferrell, quien la tuvo una fuente inagotable de chistes, al interpretar a George W. Bush. Y la mejor, a mi parecer. La de Dana Carvey disfrazándose de George Bush, con ese innolvidable monólogo en el que se drogó con gotas para el Glaucoma creadas por la farmacéutica de los Bush... Grande.
En fin, el objetivo de este comentario es hacer notar el papel que está jugando la falta de libertad para expresar las opiniones en México en el letargo en que ahora se encuentra el proceso de consolidación de la democracia en nuestra sociedad.
Era un adolescente cuando Vicente Fox era candidato a la presicencia, pero recuerdo bien que en la vocacional comentábamos cada ocurrencia que tenía en su campaña, como mostrarle el dedo medio al candidato Labastida. Eran signos que a todos desconcertaban y a nosotros -chamacos ávidos de grocerías- nos encantaban. Desconcertaban y encantaban porque éramos una sociedad que estaba acostumbrada al respeto hipócrita a las figuras de poder, a callar las injusticias, a ignorar los abusos, en fin, a no decir lo que pensaba.
En el lejanísimo 1988, Porfirio Muñoz Ledo se atrevió a levantar la voz en pleno informe de gobierno y con eso comenzó el ocaso del ahora extinto informe de gobierno.
Después se fueron abriendo más espacios para voces críticas del orden establecido. Todos nos sentíamos muy rebeldes cambiándole del 2 al 13, y parecía que el país iba rumbo al paraíso de la libre expresión.
Pero los mexicanos no somos gringos... y esto no lo digo como un cumplido. No pudimos llevar nuestro barco a puerto Libertad. Es nuestra naturaleza evitar las críticas. No aceptamos siquiera comentarios bien intencionados. Ya no hablemos de cosas que nos avergüencen. Somos capaces de matar a aquel que habla mal de nuestra persona, nuestra jefecita o nuestra vieja.
Acaso esta incapacidad para aceptar la crítica es el motor que impulsó a nuestros legisladores a blindar sus campañas contra cualquier indicio de crítica (¡hasta de ellos mismos!)
Desde mis primeras memorias, mi madre ha tenido la irracional costumbre de bajar el volumen de su voz al hacer comentarios "incómodos" sobre una persona incluso cuando la persona no está presente al momento de decirlo. Siempre le cuestioné esta acción. Ella, esbozando una sonrisa de vergüenza al caer en cuenta de lo innecesario que era bajar la voz, solía decir que era "por educación".
¿Será "por educación" que los mexicanos no hablamos abiertamente sobre los problemas que padece nuestra nación? ¿Es "por educación" que no denunciamos un crimen? ¿Es "por educación" que estamos renunciando a convertirnos en una democracia madura? Si preguntáramos a nuestros políticos la razón para evitar las críticas a sus personas ¿estaría relacionada esta razón con los buenos modales?
¿De verdad son tan maleducados esos canijos gringos?

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